conquistando almas - 2
Dios podría haber enviado ángeles
Cuantas veces oímos, “Dios podría haber enviado ángeles para predicar el Evangelio. Sin embargo, Él no lo hizo y ordenó que los seres humanos lo hiciesen. Si los hombres no predican la Palabra del Señor Jesús, entonces, esta no será propagada, y las almas se perderán”. Eso es verdad. La predicación del Evangelio está limitada a la buena voluntad del ser humano de levantarse y abrir la boca para que el Señor Jesús hable a través de él.
Ese mismo hecho se aplica a todas las fases del vivir y del testimonio cristiano. Jesús no puede visitar al prisionero, a menos que el propio Maestro vaya en su cuerpo. Él irá en usted, porque usted es la Iglesia de Él. Cuando usted visite al prisionero, el Señor Jesús lo visitará. De lo contrario, Él no podrá hacerlo.
Como ya dije anteriormente, hicimos de Dios un mensajero con nuestra tradición de oración. No me malinterprete. La oración es vital para cada cristiano, pues Él nos enseñó a orar. Sin embargo, Él nos dijo también cuál era la finalidad de orar. El Señor Jesucristo oró, pero hizo más que eso. Él anduvo haciendo bienes (Hechos 10:38), testificando, consolando, visitando, hablando, mostrando compasión, demostrando a Dios en acción. Él no solo fue un intercesor. Sin embargo, este no es un estudio sobre la oración, sino una obra que trata de cómo ganar almas; por lo tanto, dejaré el tema de la oración para otro momento.
¡De qué manera hacemos parecer sagrada nuestra oración tradicional! ¡Cómo nos sentimos humildes y dedicados mientras estamos orando y enviándole a Dios todas nuestras pequeñas órdenes para el día o para la semana!
Instruimos al Señor Jesús a hacer las cosas que debemos hacer. ¿Por qué no le pedimos a Él que predique también? Si Él es tan útil para realizar muchas de nuestras tareas, ¡ciertamente tampoco se opondría a predicar de vez en cuando!
Con nosotros, pero ahora en nosotros
¿No es extraño que comentemos que el Espíritu Santo estaba solamente al lado de los discípulos antes del Pentecostés y ahora nos regocijamos por el hecho de que Él está dentro de nosotros?
Es exactamente donde Él está: en nosotros. No está fluctuando por el mundo de afuera, flotando sobre los seres humanos aquí o allá, de acuerdo con nuestra dirección, resolviendo los problemas, visitándonos, dándonos ánimo, mientras llevamos nuestra pequeña y egoísta vida en aislamiento.
Por medio de la redención del Calvario y de la nueva creación en el Pentecostés, el Señor Jesús volvió, en la persona del Espíritu Santo, para habitar, moverse y tener su Ser en nosotros. ¡Ahora el Señor Jesús es nacido en nosotros!
"... porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad." Filipenses 2. 13
Fue eso lo que Dios hizo en carne estando el Señor Jesús en medio de nosotros y Él hace lo mismo en nosotros, porque somos Su Cuerpo.
Él habla por nuestros labios, visita los necesitados, levanta los caídos, da ánimo a los desalentados y alcanza a los abatidos a través de nosotros. Él cura los corazones quebrantados y sana las heridas por medio de nuestra vida. Usted y yo somos Su Cuerpo. Nosotros somos la Iglesia.
¿Usted entiende por qué el evangelista le dijo al grupo de oración de señoras: "Aquella mujer irá al infierno, mientras ustedes oran?
Si no hacemos algo más que orar, si no visitamos a los perdidos y evangelizamos a los desesperados, ellos jamás oirán la invitación del Señor Jesús para ser salvos. Debemos orar, pero enseguida levantarnos en la búsqueda de almas.
El Evangelio en su comunidad
El ministerio del Señor Jesús en su comunidad está limitado a usted. Él ansía hablar a las almas sobre la salvación, a fin de convencerlos acerca de su gran necesidad de Dios - esta es la obra del Espíritu Santo-, pero Él está en usted. El Señor Jesús trabaja por medio de sus labios, de su cuerpo. Si usted no habla o transmite el mensaje, nuestra sociedad quedará perdida. Él Señor Jesús decretó vivir en usted, y Él no puede visitar a los perdidos independientemente, como no puede tocar las puertas de las casas y llevar esperanza a los que sufren sin un “instrumento humano” por medio del cual Él pueda hablar.
Nos gusta vivir de forma egoísta. Tenemos placer en quedarnos solos, orando y enviando un torrente de pequeñas órdenes y bonitos recados que el maravilloso Espíritu Santo podrá ejecutar en lugar de nosotros. Eso nos exonera de mucho trabajo. Además de eso, estamos ocupados con novelas de TV, con el club, las actividades recreativas y los propios quehaceres.
Él no tiene otro canal
Vamos a recordar que el Espíritu Santo se "mueve" a través de nosotros. Somos Su Templo. Si estamos demasiado ocupados para evangelizar, Él no tendrá otro canal por medio del cual pueda ministrar. Él habita en nuestro cuerpo.
Los perdidos y desesperados de su comunidad jamás serán visitados por nuestro Señor Jesús, si usted no habla en Su Nombre.
Aquellos que estén enfermos o en prisión jamás serán visitados por el Espíritu Santo si usted no va hacia ellos en Su Nombre.
Los hombres jamás verán el Señor Jesús, excepto cuando ellos Lo vean en usted.
El amor del Señor Jesús sólo podrá ser manifestado por medio de su vida. La compasión y preocupación de Él por las almas perdidas sólo podrán ser exhibidas a través de usted.
Jesucristo visita su comunidad cada vez que usted la visita. ¿Lo está encerrando usted en su casa? ¿Es usted egoísta? ¿Jamás permite que el Señor hable a sus vecinos? ¿Usted ya permitió que Jesús les enseñara el camino de la salvación? ¿Ya consintió que Él ofreciera Su vida a sus vecinos? ¿Usted los acusa de vivir en el error, pero jamás ha dejado que Jesucristo les contara la verdad?
Cuantas veces oímos, “Dios podría haber enviado ángeles para predicar el Evangelio. Sin embargo, Él no lo hizo y ordenó que los seres humanos lo hiciesen. Si los hombres no predican la Palabra del Señor Jesús, entonces, esta no será propagada, y las almas se perderán”. Eso es verdad. La predicación del Evangelio está limitada a la buena voluntad del ser humano de levantarse y abrir la boca para que el Señor Jesús hable a través de él.
Ese mismo hecho se aplica a todas las fases del vivir y del testimonio cristiano. Jesús no puede visitar al prisionero, a menos que el propio Maestro vaya en su cuerpo. Él irá en usted, porque usted es la Iglesia de Él. Cuando usted visite al prisionero, el Señor Jesús lo visitará. De lo contrario, Él no podrá hacerlo.
Como ya dije anteriormente, hicimos de Dios un mensajero con nuestra tradición de oración. No me malinterprete. La oración es vital para cada cristiano, pues Él nos enseñó a orar. Sin embargo, Él nos dijo también cuál era la finalidad de orar. El Señor Jesucristo oró, pero hizo más que eso. Él anduvo haciendo bienes (Hechos 10:38), testificando, consolando, visitando, hablando, mostrando compasión, demostrando a Dios en acción. Él no solo fue un intercesor. Sin embargo, este no es un estudio sobre la oración, sino una obra que trata de cómo ganar almas; por lo tanto, dejaré el tema de la oración para otro momento.
¡De qué manera hacemos parecer sagrada nuestra oración tradicional! ¡Cómo nos sentimos humildes y dedicados mientras estamos orando y enviándole a Dios todas nuestras pequeñas órdenes para el día o para la semana!
Instruimos al Señor Jesús a hacer las cosas que debemos hacer. ¿Por qué no le pedimos a Él que predique también? Si Él es tan útil para realizar muchas de nuestras tareas, ¡ciertamente tampoco se opondría a predicar de vez en cuando!
Con nosotros, pero ahora en nosotros
¿No es extraño que comentemos que el Espíritu Santo estaba solamente al lado de los discípulos antes del Pentecostés y ahora nos regocijamos por el hecho de que Él está dentro de nosotros?
Es exactamente donde Él está: en nosotros. No está fluctuando por el mundo de afuera, flotando sobre los seres humanos aquí o allá, de acuerdo con nuestra dirección, resolviendo los problemas, visitándonos, dándonos ánimo, mientras llevamos nuestra pequeña y egoísta vida en aislamiento.
Por medio de la redención del Calvario y de la nueva creación en el Pentecostés, el Señor Jesús volvió, en la persona del Espíritu Santo, para habitar, moverse y tener su Ser en nosotros. ¡Ahora el Señor Jesús es nacido en nosotros!
"... porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad." Filipenses 2. 13
Fue eso lo que Dios hizo en carne estando el Señor Jesús en medio de nosotros y Él hace lo mismo en nosotros, porque somos Su Cuerpo.
Él habla por nuestros labios, visita los necesitados, levanta los caídos, da ánimo a los desalentados y alcanza a los abatidos a través de nosotros. Él cura los corazones quebrantados y sana las heridas por medio de nuestra vida. Usted y yo somos Su Cuerpo. Nosotros somos la Iglesia.
¿Usted entiende por qué el evangelista le dijo al grupo de oración de señoras: "Aquella mujer irá al infierno, mientras ustedes oran?
Si no hacemos algo más que orar, si no visitamos a los perdidos y evangelizamos a los desesperados, ellos jamás oirán la invitación del Señor Jesús para ser salvos. Debemos orar, pero enseguida levantarnos en la búsqueda de almas.
El Evangelio en su comunidad
El ministerio del Señor Jesús en su comunidad está limitado a usted. Él ansía hablar a las almas sobre la salvación, a fin de convencerlos acerca de su gran necesidad de Dios - esta es la obra del Espíritu Santo-, pero Él está en usted. El Señor Jesús trabaja por medio de sus labios, de su cuerpo. Si usted no habla o transmite el mensaje, nuestra sociedad quedará perdida. Él Señor Jesús decretó vivir en usted, y Él no puede visitar a los perdidos independientemente, como no puede tocar las puertas de las casas y llevar esperanza a los que sufren sin un “instrumento humano” por medio del cual Él pueda hablar.
Nos gusta vivir de forma egoísta. Tenemos placer en quedarnos solos, orando y enviando un torrente de pequeñas órdenes y bonitos recados que el maravilloso Espíritu Santo podrá ejecutar en lugar de nosotros. Eso nos exonera de mucho trabajo. Además de eso, estamos ocupados con novelas de TV, con el club, las actividades recreativas y los propios quehaceres.
Él no tiene otro canal
Vamos a recordar que el Espíritu Santo se "mueve" a través de nosotros. Somos Su Templo. Si estamos demasiado ocupados para evangelizar, Él no tendrá otro canal por medio del cual pueda ministrar. Él habita en nuestro cuerpo.
Los perdidos y desesperados de su comunidad jamás serán visitados por nuestro Señor Jesús, si usted no habla en Su Nombre.
Aquellos que estén enfermos o en prisión jamás serán visitados por el Espíritu Santo si usted no va hacia ellos en Su Nombre.
Los hombres jamás verán el Señor Jesús, excepto cuando ellos Lo vean en usted.
El amor del Señor Jesús sólo podrá ser manifestado por medio de su vida. La compasión y preocupación de Él por las almas perdidas sólo podrán ser exhibidas a través de usted.
Jesucristo visita su comunidad cada vez que usted la visita. ¿Lo está encerrando usted en su casa? ¿Es usted egoísta? ¿Jamás permite que el Señor hable a sus vecinos? ¿Usted ya permitió que Jesús les enseñara el camino de la salvación? ¿Ya consintió que Él ofreciera Su vida a sus vecinos? ¿Usted los acusa de vivir en el error, pero jamás ha dejado que Jesucristo les contara la verdad?
Conquistando Almas (Parte1)
EL LATIR DEL CORAZÓN Y LA CONQUISTA DE NUEVAS ALMAS
Un grupo de señoras cristianas estaba realizando su acostumbrada reunión de oración. Cierto evangelista, un intrépido conquistador de almas, era el invitado para dirigir por una vez aquella pequeña reunión de oración.
Él oía algunas de ellas hablando al respecto de una mujer inmoral que vivía cerca.
El evangelista, entonces, preguntó: “¿Qué están haciendo ustedes para lograr la salvación de esa mujer?”
La dirigente tomó la palabra: “Estamos orando fielmente por su salvación cada vez que nos reunimos”
“¡Excelente!” dijo el evangelista. “Pero ella irá al infierno mientras ustedes oran. ¿Aún no han ido a visitarla? ¿Aún no le hablaron sobre del Señor Jesús? ¿Alguien ya le llevó una invitación a su casa?”
LA FILOSOFIA DEL MENSAJERO
Hemos hecho de Dios un mensajero, un entregador de recados. ¡Nos olvidamos que Él es el Gerente General! Todo lo que hacemos es decirle al Señor que haga todo aquello que Él desea que hagamos: visitar a los necesitados; consolar y apoyar a los débiles; bendecir y ayudar a los pobres; darle ánimo a los encarcelados y hablar a los que están perdidos. Queremos que el Señor Jesús haga todas esas cosas mientras nosotros estamos orando. ¡Qué iglesia tan favorable desarrollamos!
Una pregunta: ¿Alguien puede decir una sola cosa que el Señor Jesús pueda hacer en nuestra ciudad o comunidad sin un cuerpo por medio del cual Él pueda actuar?
Cuando Dios visitó a los hombres, para mostrarse, vino en un cuerpo, es decir, en carne y hueso. Jesucristo era Dios encarnado. Sin embargo, Lo mataron. Entonces Él regresó en forma de espíritu (el Espíritu Santo), para hacer morada en nuestro cuerpo, volviéndolo Su Templo (1 Corintios 6:19). Ahora usted y yo somos Su Cuerpo.
Usted es la Iglesia, la cual es el Cuerpo de Cristo en su comunidad.
El Señor Jesús ministra por medio de Su Cuerpo hoy, de la misma manera que ministró por medio de un cuerpo hace más de dos mil años. Hoy, el Cuerpo del Señor Jesús somos usted (su cuerpo) y yo (mi cuerpo).
Nosotros somos el Templo del Espíritu Santo. Yo soy la Iglesia, El Cuerpo de Cristo. Usted es la Iglesia y también el Cuerpo de Él.
“porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.” (Efesios 5:30)
El Señor Jesús nada puede hacer, excepto que lo haga por medio de la Iglesia, Su Cuerpo, el cual soy yo y no mi congregación o denominación. La Iglesia, el Cuerpo de Cristo, somos usted y yo, si somos cristianos verdaderos.
Cuando usted esté delante de Dios, necesitará rendir cuentas de las obras que hizo (o dejó de hacer). Usted no será juzgado a la luz de lo que nuestra iglesia hizo como un cuerpo espiritual. Dios no llamará a la iglesia a la que usted pertenece como una unidad de juicio. Él no juzgará lo que su congregación hizo (o dejó de hacer) como Cuerpo “corporativo” de Cristo. Usted no podrá decir: “Señor, mi pastor hablará por mí; soy miembro fiel de mi iglesia y trabajamos como una unidad. Por lo tanto, no puedo responder como un individuo”.
En cuanto a estar delante de Dios, usted es la Iglesia, el cuerpo de Cristo.
Hablamos de Iglesia, o del Cuerpo de Cristo, centro de reunión de cristianos, la comunidad de los que fuimos salvos, y eso también es verdad. Pero toda verdad tiene que volverse personal; de lo contrario, será perdida. Hemos considerado el Cuerpo de Cristo en su sentido general, colectivo, pero no en su aplicación individual. El Señor Jesús debe vivir en nosotros personalmente.
“el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos (…) que es Cristo en vosotros” (Colosenses 1:26-27)
El Señor Jesús debe tener un Cuerpo por medio del cual Él pueda actuar hoy. Ese Cuerpo somos usted y yo. Nosotros somos la Iglesia, Su Cuerpo, Su Templo.
Eso no significa que ignoramos el Cuerpo de Cristo en su sentido corporativo – constituido de todos los cristianos - sino que usted y yo despertamos al hecho de que Jesucristo es nacido en nosotros, y nosotros somos ahora Su Cuerpo.
Suena más correcto decir: somos miembros del Cuerpo de Cristo, y lo somos realmente (1 Corintios 12:27). Ese concepto popular en cuanto a los miembros fue un tanto distorsionado en su aplicación, de forma que muchos cristianos descansan en la iglesia, dejando el ministerio de evangelización solamente para los pastores. Piensan: el pastor y la iglesia hará todo el trabajo. A los miembros de la Iglesia les gusta saber que se está trabajando y creciendo. Ellos están dispuestos a pagar los diezmos y dar ofrendas para eso, mientras que otros hagan el trabajo. Sin embargo, el cristianismo es una tarea personal. Si el Señor Jesús mora en usted, entonces usted es el Cuerpo de Él. Él mora en usted porque desea actuar a través de usted. Él necesita de su cuerpo para alcanzar a las demás personas. La esencia de su experiencia cristiana es el Señor Jesús en usted.
La pregunta que surge es: ¿Cuántos quieren de verdad vivir esa experiencia?
Un grupo de señoras cristianas estaba realizando su acostumbrada reunión de oración. Cierto evangelista, un intrépido conquistador de almas, era el invitado para dirigir por una vez aquella pequeña reunión de oración.
Él oía algunas de ellas hablando al respecto de una mujer inmoral que vivía cerca.
El evangelista, entonces, preguntó: “¿Qué están haciendo ustedes para lograr la salvación de esa mujer?”
La dirigente tomó la palabra: “Estamos orando fielmente por su salvación cada vez que nos reunimos”
“¡Excelente!” dijo el evangelista. “Pero ella irá al infierno mientras ustedes oran. ¿Aún no han ido a visitarla? ¿Aún no le hablaron sobre del Señor Jesús? ¿Alguien ya le llevó una invitación a su casa?”
LA FILOSOFIA DEL MENSAJERO
Hemos hecho de Dios un mensajero, un entregador de recados. ¡Nos olvidamos que Él es el Gerente General! Todo lo que hacemos es decirle al Señor que haga todo aquello que Él desea que hagamos: visitar a los necesitados; consolar y apoyar a los débiles; bendecir y ayudar a los pobres; darle ánimo a los encarcelados y hablar a los que están perdidos. Queremos que el Señor Jesús haga todas esas cosas mientras nosotros estamos orando. ¡Qué iglesia tan favorable desarrollamos!
Una pregunta: ¿Alguien puede decir una sola cosa que el Señor Jesús pueda hacer en nuestra ciudad o comunidad sin un cuerpo por medio del cual Él pueda actuar?
Cuando Dios visitó a los hombres, para mostrarse, vino en un cuerpo, es decir, en carne y hueso. Jesucristo era Dios encarnado. Sin embargo, Lo mataron. Entonces Él regresó en forma de espíritu (el Espíritu Santo), para hacer morada en nuestro cuerpo, volviéndolo Su Templo (1 Corintios 6:19). Ahora usted y yo somos Su Cuerpo.
Usted es la Iglesia, la cual es el Cuerpo de Cristo en su comunidad.
El Señor Jesús ministra por medio de Su Cuerpo hoy, de la misma manera que ministró por medio de un cuerpo hace más de dos mil años. Hoy, el Cuerpo del Señor Jesús somos usted (su cuerpo) y yo (mi cuerpo).
Nosotros somos el Templo del Espíritu Santo. Yo soy la Iglesia, El Cuerpo de Cristo. Usted es la Iglesia y también el Cuerpo de Él.
“porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.” (Efesios 5:30)
El Señor Jesús nada puede hacer, excepto que lo haga por medio de la Iglesia, Su Cuerpo, el cual soy yo y no mi congregación o denominación. La Iglesia, el Cuerpo de Cristo, somos usted y yo, si somos cristianos verdaderos.
Cuando usted esté delante de Dios, necesitará rendir cuentas de las obras que hizo (o dejó de hacer). Usted no será juzgado a la luz de lo que nuestra iglesia hizo como un cuerpo espiritual. Dios no llamará a la iglesia a la que usted pertenece como una unidad de juicio. Él no juzgará lo que su congregación hizo (o dejó de hacer) como Cuerpo “corporativo” de Cristo. Usted no podrá decir: “Señor, mi pastor hablará por mí; soy miembro fiel de mi iglesia y trabajamos como una unidad. Por lo tanto, no puedo responder como un individuo”.
En cuanto a estar delante de Dios, usted es la Iglesia, el cuerpo de Cristo.
Hablamos de Iglesia, o del Cuerpo de Cristo, centro de reunión de cristianos, la comunidad de los que fuimos salvos, y eso también es verdad. Pero toda verdad tiene que volverse personal; de lo contrario, será perdida. Hemos considerado el Cuerpo de Cristo en su sentido general, colectivo, pero no en su aplicación individual. El Señor Jesús debe vivir en nosotros personalmente.
“el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos (…) que es Cristo en vosotros” (Colosenses 1:26-27)
El Señor Jesús debe tener un Cuerpo por medio del cual Él pueda actuar hoy. Ese Cuerpo somos usted y yo. Nosotros somos la Iglesia, Su Cuerpo, Su Templo.
Eso no significa que ignoramos el Cuerpo de Cristo en su sentido corporativo – constituido de todos los cristianos - sino que usted y yo despertamos al hecho de que Jesucristo es nacido en nosotros, y nosotros somos ahora Su Cuerpo.
Suena más correcto decir: somos miembros del Cuerpo de Cristo, y lo somos realmente (1 Corintios 12:27). Ese concepto popular en cuanto a los miembros fue un tanto distorsionado en su aplicación, de forma que muchos cristianos descansan en la iglesia, dejando el ministerio de evangelización solamente para los pastores. Piensan: el pastor y la iglesia hará todo el trabajo. A los miembros de la Iglesia les gusta saber que se está trabajando y creciendo. Ellos están dispuestos a pagar los diezmos y dar ofrendas para eso, mientras que otros hagan el trabajo. Sin embargo, el cristianismo es una tarea personal. Si el Señor Jesús mora en usted, entonces usted es el Cuerpo de Él. Él mora en usted porque desea actuar a través de usted. Él necesita de su cuerpo para alcanzar a las demás personas. La esencia de su experiencia cristiana es el Señor Jesús en usted.
La pregunta que surge es: ¿Cuántos quieren de verdad vivir esa experiencia?
La necesidad del Espíritu Santo (tercera parte)
El fruto del Espíritu
El Señor Jesus dijo que un árbol se conoce por sus frutos, y esto dijo Él cuando hablaba de los falsos profetas, y es a través de los frutos que conocemos si la persona es nacida o no del Espíritu Santo. Antes de una persona tener un encuentro con Dios, o sea de nacer del Espíritu Santo ella es carne, por esto sus actitudes son de la carne como; (Gálatas 5,19-21) estas son las obras de la carne, y si la persona aun tiene o practica una de estas cosas, entonces esto quiere decir que ella todavía no nació del Espíritu Santo ”Porque el deseo de la carne es contra el Espiritu , y el del Espiritu es contra la carne; y estos se oponen entre si,...”(Gálatas 5,17).
Existen muchas cosas que uno mismo tiene que renunciar, uno no puede esperar que Dios las haga, porque es la parte de uno, Él siempre nos ha exhortado sobre nuestras renuncias diarias, (Colosenses 3,5-10) y solo depende de uno, porque Él dice que no permite que uno sea tentado mas de lo que uno pueda soportar y Él provee la vía de escape para que uno pueda vencerlas.
Muriendo entonces estas obras carnales, es reemplazado en lugar, el fruto del Espíritu Santo que es; (Gálatas 5,22-23) usted puede ver en este texto Bíblico, que dice en lugar de “los frutos” encontramos “EL FRUTO” o sea el nacido del Espíritu Santo tiene que poseer todas estas características.
El nacido del Espíritu Santo es alegre, mismo en situaciones tristes ella no se abate, ella posee paz en el corazón, mismo que al su alrededor halla grandes luchas como; ataques o rechazos de parte de amigos o familiares, problemas en el trabajo, deudas, divisiones o celos en la familia, mismo que su pareja sea un adicto que le rechace, ella esta siempre en paz. (2 Corintios 4,8-9)
La persona pasa a regocijarse en las cosas de Dios, en leer la Biblia, pasa a interesarse en el testimonio de los grandes hombres de Dios, ella pasa a andar en Espíritu, o sea, estar siempre en contacto con Dios, ella puede estar en casa, en el trabajo o hasta mismo caminando en la calle, que ella esta siempre hablando con Dios en pensamiento, con esto no dando lugar a malos pensamientos, preocupaciones y dudas. (Gálatas 5,16)
En el corazón del nacido del Espíritu Santo comienzan a nacer deseos de ayudar en los servicios de la iglesia, a evangelizar, las reuniones en la iglesia se tornan cortas, ella no tiene prisa que la reunión termine rápido, pues ella quiere siempre más y más aprender las cosas de Dios, como decía el rey David; “Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar en la puerta de la casa de mi Dios,...”(Salmos 84,10) la persona ya no se mezcla con personas que no tienen la misma fe, ella no se siente a gusto con personas de dicen malas palabras, que tienen vicios, que hablan mentiras o que hablan de las demás personas. (Efesios 5,9-12) Ella pasa a amar a aquellos que la perjudican, por ejemplo; si ella fue asaltada ella ora por el criminal, pues ella sabe que él necesita de Jesus o si alguien la ataca ella sabe que es un demonio, con esto en su corazón no entra el odio. El Espíritu Santo también coloca en el corazón de la persona la fidelidad, y no apenas la fidelidad hacia Dios, mas la fidelidad en el casamiento, en el trabajo, en su palabra, en fin, el Espíritu Santo transforma nuestro carácter humano y pecador, en el carácter de Dios, que es la propia esencia del amor.
El Señor Jesus dijo que un árbol se conoce por sus frutos, y esto dijo Él cuando hablaba de los falsos profetas, y es a través de los frutos que conocemos si la persona es nacida o no del Espíritu Santo. Antes de una persona tener un encuentro con Dios, o sea de nacer del Espíritu Santo ella es carne, por esto sus actitudes son de la carne como; (Gálatas 5,19-21) estas son las obras de la carne, y si la persona aun tiene o practica una de estas cosas, entonces esto quiere decir que ella todavía no nació del Espíritu Santo ”Porque el deseo de la carne es contra el Espiritu , y el del Espiritu es contra la carne; y estos se oponen entre si,...”(Gálatas 5,17).
Existen muchas cosas que uno mismo tiene que renunciar, uno no puede esperar que Dios las haga, porque es la parte de uno, Él siempre nos ha exhortado sobre nuestras renuncias diarias, (Colosenses 3,5-10) y solo depende de uno, porque Él dice que no permite que uno sea tentado mas de lo que uno pueda soportar y Él provee la vía de escape para que uno pueda vencerlas.
Muriendo entonces estas obras carnales, es reemplazado en lugar, el fruto del Espíritu Santo que es; (Gálatas 5,22-23) usted puede ver en este texto Bíblico, que dice en lugar de “los frutos” encontramos “EL FRUTO” o sea el nacido del Espíritu Santo tiene que poseer todas estas características.
El nacido del Espíritu Santo es alegre, mismo en situaciones tristes ella no se abate, ella posee paz en el corazón, mismo que al su alrededor halla grandes luchas como; ataques o rechazos de parte de amigos o familiares, problemas en el trabajo, deudas, divisiones o celos en la familia, mismo que su pareja sea un adicto que le rechace, ella esta siempre en paz. (2 Corintios 4,8-9)
La persona pasa a regocijarse en las cosas de Dios, en leer la Biblia, pasa a interesarse en el testimonio de los grandes hombres de Dios, ella pasa a andar en Espíritu, o sea, estar siempre en contacto con Dios, ella puede estar en casa, en el trabajo o hasta mismo caminando en la calle, que ella esta siempre hablando con Dios en pensamiento, con esto no dando lugar a malos pensamientos, preocupaciones y dudas. (Gálatas 5,16)
En el corazón del nacido del Espíritu Santo comienzan a nacer deseos de ayudar en los servicios de la iglesia, a evangelizar, las reuniones en la iglesia se tornan cortas, ella no tiene prisa que la reunión termine rápido, pues ella quiere siempre más y más aprender las cosas de Dios, como decía el rey David; “Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar en la puerta de la casa de mi Dios,...”(Salmos 84,10) la persona ya no se mezcla con personas que no tienen la misma fe, ella no se siente a gusto con personas de dicen malas palabras, que tienen vicios, que hablan mentiras o que hablan de las demás personas. (Efesios 5,9-12) Ella pasa a amar a aquellos que la perjudican, por ejemplo; si ella fue asaltada ella ora por el criminal, pues ella sabe que él necesita de Jesus o si alguien la ataca ella sabe que es un demonio, con esto en su corazón no entra el odio. El Espíritu Santo también coloca en el corazón de la persona la fidelidad, y no apenas la fidelidad hacia Dios, mas la fidelidad en el casamiento, en el trabajo, en su palabra, en fin, el Espíritu Santo transforma nuestro carácter humano y pecador, en el carácter de Dios, que es la propia esencia del amor.
La necesidad del Espíritu Santo (segunda parte)
La naturaleza del Espíritu Santo
Desde Pentecostés, que aconteció luego después de la ascensión del Señor Jesus al cielo, el Espíritu Santo que viene de parte de Dios, “...y también el Espíritu Santo el cual ha dado Dios a los que le obedecen”(Hechos 5,32). El actúa de forma maravillosa entre los cristianos, y de una manera especial en los últimos tiempos, cuando esta siendo derramado en todo lugar sobre aquellos que le buscan. Sin la plenitud del Espíritu Santo los cristianos quedan vacíos y débiles espiritualmente. Hay una necesidad de que cada hijo de Dios busque con insistencia ser lleno del Espíritu para ser victorioso contra el mundo, la carne y el diablo. (Romanos 15,17-21)
En innúmeros pasajes de las Escrituras Sagradas vemos que el Espíritu Santo es Dios. Él posee todos los atributos divinos como omnipresencia (Único pero puede estar en muchos lugares al mismo tiempo), omnipotencia (Dueño de todo poder) y omnisciencia (Sabe de todo). El Espíritu Santo es el Consolador, aquel que esta en aquellos que pertenecen a Dios y que tienen la naturaleza de Dios, Aquel que nos revela su Santa voluntad a través de las Escrituras Sagradas. (1 Corintios 2,12-14)
Nacidos del Espíritu
No nos podemos ilusionar pensando que en este mundo no pasaremos por problemas. El Señor Jesus siempre alerta a sus seguidores sobre las dificultades, (Juan 16,33) vemos en este pasaje que él dice que uno tendría paz interior con él, pero alrededor luchas. El Señor Jesucristo venció al mundo y la victoria de Cristo es nuestra victoria. Él venció al mundo para que nosotros pudiésemos vencer también. Él compro la victoria para cada uno de nosotros.
Nacer; la propia palabra ya dice venir a existencia, algo o alguien que no existía, y nacer del espíritu quiere decir que si uno nació de la manera natural, que todos nacen, de la carne, de una mujer, uno va a tener costumbres y personalidad de sus padres. Entonces la persona naciendo del Espíritu Santo, quiere decir, nacer del propio Dios y en consecuencia tener los trazos y características de Dios, es uno pasar a actuar de manera que Dios se agrade, es pensar en las cosas de Dios, es alimentarse de las cosas espirituales, en fin, uno ser otra persona. (Efesios 4,22-24)
Existe una diferencia en la fe del nacido del Espíritu y el nacido de la carne. La persona nacida de la carne tiene une fe natural y no la fe sobrenatural. Ella cree en Dios, que Jesucristo murió en la cruz, frecuenta la iglesia y hasta tiene la convicción de que Jesus es la verdad, pero su fe es inconstante, un día ella esta bien y otros no. El nacido del Espíritu posee una fe que no se abala, que no ve a gigantes, barreras o el tamaño de los problemas. El nacido del Espíritu posee una fe constante que solo ve al poder de Dios y muchas veces él nos enseña cosas que parecen locuras pero esto muestra lo sobrenatural de la fe. (1 Corintios 2,14)
Entre tanto, para nacer del Espíritu Santo es necesario entregarse a Dios, despojarse de sí mismo, olvidándose de satisfacer sus propios deseos y si los de Dios, buscándolo con todas sus fuerzas. Es importante resaltar que aquel que es nacido de la carne, carne es y fatalmente va fracasar. ¿Cuantas personas ya estuvieron en la iglesia y hoy están desviadas a causa de esto?, ¿Cuántas se apartaron a causa de no haber logrado lo que deseaban, otras yendo atrás de un pastor olvidándose de Dios, al contrario de andar atrás de Jesus? (Hebreos 12,14-17)
Aquel que nació del Espíritu Santo sigue a Jesucristo. El no teme las luchas porque no esta apoyado en la fuerza de su brazo, y mucho menos, en su capacidad intelectual. Para vencer las batallas y luchas es necesario estar vacíos de nosotros mismos y reconocernos que no somos nada. Solamente el nacido del Espíritu Santo tiene condiciones de reconocer que sin Dios uno no es nada, que uno no puede nada y que Él es más importante que todo y todos en su vida.
Desde Pentecostés, que aconteció luego después de la ascensión del Señor Jesus al cielo, el Espíritu Santo que viene de parte de Dios, “...y también el Espíritu Santo el cual ha dado Dios a los que le obedecen”(Hechos 5,32). El actúa de forma maravillosa entre los cristianos, y de una manera especial en los últimos tiempos, cuando esta siendo derramado en todo lugar sobre aquellos que le buscan. Sin la plenitud del Espíritu Santo los cristianos quedan vacíos y débiles espiritualmente. Hay una necesidad de que cada hijo de Dios busque con insistencia ser lleno del Espíritu para ser victorioso contra el mundo, la carne y el diablo. (Romanos 15,17-21)
En innúmeros pasajes de las Escrituras Sagradas vemos que el Espíritu Santo es Dios. Él posee todos los atributos divinos como omnipresencia (Único pero puede estar en muchos lugares al mismo tiempo), omnipotencia (Dueño de todo poder) y omnisciencia (Sabe de todo). El Espíritu Santo es el Consolador, aquel que esta en aquellos que pertenecen a Dios y que tienen la naturaleza de Dios, Aquel que nos revela su Santa voluntad a través de las Escrituras Sagradas. (1 Corintios 2,12-14)
Nacidos del Espíritu
No nos podemos ilusionar pensando que en este mundo no pasaremos por problemas. El Señor Jesus siempre alerta a sus seguidores sobre las dificultades, (Juan 16,33) vemos en este pasaje que él dice que uno tendría paz interior con él, pero alrededor luchas. El Señor Jesucristo venció al mundo y la victoria de Cristo es nuestra victoria. Él venció al mundo para que nosotros pudiésemos vencer también. Él compro la victoria para cada uno de nosotros.
Nacer; la propia palabra ya dice venir a existencia, algo o alguien que no existía, y nacer del espíritu quiere decir que si uno nació de la manera natural, que todos nacen, de la carne, de una mujer, uno va a tener costumbres y personalidad de sus padres. Entonces la persona naciendo del Espíritu Santo, quiere decir, nacer del propio Dios y en consecuencia tener los trazos y características de Dios, es uno pasar a actuar de manera que Dios se agrade, es pensar en las cosas de Dios, es alimentarse de las cosas espirituales, en fin, uno ser otra persona. (Efesios 4,22-24)
Existe una diferencia en la fe del nacido del Espíritu y el nacido de la carne. La persona nacida de la carne tiene une fe natural y no la fe sobrenatural. Ella cree en Dios, que Jesucristo murió en la cruz, frecuenta la iglesia y hasta tiene la convicción de que Jesus es la verdad, pero su fe es inconstante, un día ella esta bien y otros no. El nacido del Espíritu posee una fe que no se abala, que no ve a gigantes, barreras o el tamaño de los problemas. El nacido del Espíritu posee una fe constante que solo ve al poder de Dios y muchas veces él nos enseña cosas que parecen locuras pero esto muestra lo sobrenatural de la fe. (1 Corintios 2,14)
Entre tanto, para nacer del Espíritu Santo es necesario entregarse a Dios, despojarse de sí mismo, olvidándose de satisfacer sus propios deseos y si los de Dios, buscándolo con todas sus fuerzas. Es importante resaltar que aquel que es nacido de la carne, carne es y fatalmente va fracasar. ¿Cuantas personas ya estuvieron en la iglesia y hoy están desviadas a causa de esto?, ¿Cuántas se apartaron a causa de no haber logrado lo que deseaban, otras yendo atrás de un pastor olvidándose de Dios, al contrario de andar atrás de Jesus? (Hebreos 12,14-17)
Aquel que nació del Espíritu Santo sigue a Jesucristo. El no teme las luchas porque no esta apoyado en la fuerza de su brazo, y mucho menos, en su capacidad intelectual. Para vencer las batallas y luchas es necesario estar vacíos de nosotros mismos y reconocernos que no somos nada. Solamente el nacido del Espíritu Santo tiene condiciones de reconocer que sin Dios uno no es nada, que uno no puede nada y que Él es más importante que todo y todos en su vida.
La necesidad del Espíritu Santo (primera parte)
No basta ir a la iglesia y recibir la oración, es necesario que obedezcamos la palabra de Dios, someternos a las enseñazas del Señor Jesus y andando en Sus caminos. No solamente deben tomar conocimiento de la Palabra, ser oyentes, mas debemos ser practicantes, pues solamente aquellos que practican la Palabra de Dios, pueden conquistar la vida eterna y abundante que Él promete en Su Palabra. (Santiago 1.19-25)
El Espíritu Santo es vital para nosotros. Así como necesitamos del aire para respirar, de la sangre que corre en nuestras venas, también necesitamos que el Espíritu Santo venga a correr en nuestro interior y fluir como ríos de agua viva. Solamente con el Espíritu Santo en nuestras vidas, podemos soportar las luchas, tribulaciones y dificultades del día a día. (Romanos 8. 22-27)
El Señor Jesucristo nos alerta que, en este mundo, tendríamos aflicciones, pero también nos incentivo a tener buen animo porque así como Él venció al mundo, nosotros también venceríamos. Es a través de la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas que venceremos al mundo y a nosotros mismos, pues es Él quien nos da fuerzas y poder, pues nosotros vemos que existen muchas personas que ya no tienen ganas de vivir porque uno estando solo, sin la presencia de Dios uno no tiene fuerza para vencer sus luchas. (San Juan 15. 5-9)
¿Quién es el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo no es una influencia, una vibración o una emoción que la persona siente y también no es una fuerza activa.
El Espíritu Santo es una persona, es Dios, es la tercera persona de la Santísima Trinidad, pero esto no quiere decir que El este en tercer plan. Él es exactamente como el Padre y el Hijo, no es menor que Dios, pues Él es el propio Dios. Los tres, Dios Padre, Hijo Espíritu Santo, forman un único Dios, tres personas distintas, que forman un único Dios, siendo que cada una tiene su función especifica dentro de la Trinidad.
Para comprendernos mejor la Trinidad, es necesario entender la actuación especifica de cada uno. En el Antiguo Testamento, constatamos una fuerte actuación del Dios Padre. En la época de Abrahám, Isaac, Jacob, Moisés, Elías, Eliseo, David y otros grandes héroes de la fe, era el Dios Padre que hablaba directamente con ellos (Números 7,89), con el nacimiento del Señor Jesus y el inicio de su ministerio aquí en la Tierra, la humanidad comenzó a vivir en la época del Dios Hijo. Jesucristo vino al mundo como hijo de Dios y, al mismo tiempo, como el propio Dios. (San Juan 1,14-18)
Con la muerte y resurrección de Jesucristo, los hombres comenzaron a vivir el periodo del Dios Espíritu Santo. El propio Señor Jesús nos había advertido de que iría para el Padre, o sea, que volvería para el cielo, pero dejaría el Espíritu Consolador, a fin de que esté para siempre con vosotros, el Espíritu de Verdad, que el mundo no puede recibir, porque no Lo ve, ni Lo conoce. (San Juan 14,16-18)
En la época del Dios Padre, no existía la Biblia y Jesus todavía no había venido a la Tierra, entonces Dios hablaba directamente con sus siervos a través de sueños y visiones, ahora, por medio del Espíritu Santo, Dios habla directamente a nuestro corazón. El también revela Su voluntad para nuestras vidas a través de Su Palabra contenida en las Escrituras Sagradas.
Hoy nosotros vivimos en la época del Dios Espíritu Santo. Por supuesto que los tres Padre, Hijo y Espíritu Santo, forman un solo Dios. Y, en la practica cuando buscamos la presencia del Espíritu Santo, estamos teniendo la presencia, la plenitud del Dios en nosotros. En otras palabras, el Dios Padre y el Dios Hijo actúan hoy en nuestras vidas, a través del Espíritu Santo. (Gálatas 4,4-7)
El Espíritu Santo es vital para nosotros. Así como necesitamos del aire para respirar, de la sangre que corre en nuestras venas, también necesitamos que el Espíritu Santo venga a correr en nuestro interior y fluir como ríos de agua viva. Solamente con el Espíritu Santo en nuestras vidas, podemos soportar las luchas, tribulaciones y dificultades del día a día. (Romanos 8. 22-27)
El Señor Jesucristo nos alerta que, en este mundo, tendríamos aflicciones, pero también nos incentivo a tener buen animo porque así como Él venció al mundo, nosotros también venceríamos. Es a través de la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas que venceremos al mundo y a nosotros mismos, pues es Él quien nos da fuerzas y poder, pues nosotros vemos que existen muchas personas que ya no tienen ganas de vivir porque uno estando solo, sin la presencia de Dios uno no tiene fuerza para vencer sus luchas. (San Juan 15. 5-9)
¿Quién es el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo no es una influencia, una vibración o una emoción que la persona siente y también no es una fuerza activa.
El Espíritu Santo es una persona, es Dios, es la tercera persona de la Santísima Trinidad, pero esto no quiere decir que El este en tercer plan. Él es exactamente como el Padre y el Hijo, no es menor que Dios, pues Él es el propio Dios. Los tres, Dios Padre, Hijo Espíritu Santo, forman un único Dios, tres personas distintas, que forman un único Dios, siendo que cada una tiene su función especifica dentro de la Trinidad.
Para comprendernos mejor la Trinidad, es necesario entender la actuación especifica de cada uno. En el Antiguo Testamento, constatamos una fuerte actuación del Dios Padre. En la época de Abrahám, Isaac, Jacob, Moisés, Elías, Eliseo, David y otros grandes héroes de la fe, era el Dios Padre que hablaba directamente con ellos (Números 7,89), con el nacimiento del Señor Jesus y el inicio de su ministerio aquí en la Tierra, la humanidad comenzó a vivir en la época del Dios Hijo. Jesucristo vino al mundo como hijo de Dios y, al mismo tiempo, como el propio Dios. (San Juan 1,14-18)
Con la muerte y resurrección de Jesucristo, los hombres comenzaron a vivir el periodo del Dios Espíritu Santo. El propio Señor Jesús nos había advertido de que iría para el Padre, o sea, que volvería para el cielo, pero dejaría el Espíritu Consolador, a fin de que esté para siempre con vosotros, el Espíritu de Verdad, que el mundo no puede recibir, porque no Lo ve, ni Lo conoce. (San Juan 14,16-18)
En la época del Dios Padre, no existía la Biblia y Jesus todavía no había venido a la Tierra, entonces Dios hablaba directamente con sus siervos a través de sueños y visiones, ahora, por medio del Espíritu Santo, Dios habla directamente a nuestro corazón. El también revela Su voluntad para nuestras vidas a través de Su Palabra contenida en las Escrituras Sagradas.
Hoy nosotros vivimos en la época del Dios Espíritu Santo. Por supuesto que los tres Padre, Hijo y Espíritu Santo, forman un solo Dios. Y, en la practica cuando buscamos la presencia del Espíritu Santo, estamos teniendo la presencia, la plenitud del Dios en nosotros. En otras palabras, el Dios Padre y el Dios Hijo actúan hoy en nuestras vidas, a través del Espíritu Santo. (Gálatas 4,4-7)
La familia de Dios (Parte 4)
Fe amor y casamiento
Todo casamiento debe realizarse basado en la fe. Los jóvenes, antes de casarse, deben examinar muy bien los corazones y constatar si hay fe suficiente como para tomar la segunda decisión más importante de sus vidas. Por otro lado, los casamientos que son motivados apenas por la pasión normalmente fracasan. Por esa razón el matrimonio ha sido una institución frustrada, influenciando también la falencia de la iglesia. La mayoría de los casamientos se realizan más por inducción de los ojos físicos que por los ojos espirituales. Los soñadores se engañan al confundir e sentimiento de pasión con amor, y esta los lleva a la desilusión respecto al sagrado matrimonio. Cuando el matrimonio se realiza sobre la base de a fe bíblica, sumada a una compatibilidad de edad, pensamientos e ideas, y aderezado con un poco de simpatía de ambas partes, tiene todo para ser una bendición.
En el matrimonio bendecido por Dios, el verdadero y puro amor comienza a nacer con la convivencia diaria. El amor no es simplemente un sentimiento del corazón, sino la conciencia y la práctica diaria de la entrega de todo el ser en favor de la persona amada. Eso solamente se torna realidad cuando ambos omiten los defectos del otro y aprenden a ver solamente las cualidades.
Amar es darse. El amor de Dios por la humanidad, por ejemplo, no quedó en un sentimiento, sino que se concretó en una actitud de dar la vida de Su único Hijo en favor de ella. El amor que debe existir entre la pareja es mucho más que la entrega irrestricta de uno hacia el otro; y más que un mero sentimiento de deseo personal y carnal, pues quien ama se preocupa en dar.
Podemos decir que mientras no haya una alianza matrimonial, los enamorados son poseídos sólo por una pasión carnal y por el deseo de satisfacerse con la posesión del otro. A partir del casamiento, sin embargo, la pasión dirigida hasta entonces a la satisfacción del deseo y aquella voluntad incontenida de realización personal son trasferidas a la persona querida y trasformadas en amor, cuidado y cariño.
Próxima parte: El hogar de la mujer y del hombre de Dios.
Todo casamiento debe realizarse basado en la fe. Los jóvenes, antes de casarse, deben examinar muy bien los corazones y constatar si hay fe suficiente como para tomar la segunda decisión más importante de sus vidas. Por otro lado, los casamientos que son motivados apenas por la pasión normalmente fracasan. Por esa razón el matrimonio ha sido una institución frustrada, influenciando también la falencia de la iglesia. La mayoría de los casamientos se realizan más por inducción de los ojos físicos que por los ojos espirituales. Los soñadores se engañan al confundir e sentimiento de pasión con amor, y esta los lleva a la desilusión respecto al sagrado matrimonio. Cuando el matrimonio se realiza sobre la base de a fe bíblica, sumada a una compatibilidad de edad, pensamientos e ideas, y aderezado con un poco de simpatía de ambas partes, tiene todo para ser una bendición.
En el matrimonio bendecido por Dios, el verdadero y puro amor comienza a nacer con la convivencia diaria. El amor no es simplemente un sentimiento del corazón, sino la conciencia y la práctica diaria de la entrega de todo el ser en favor de la persona amada. Eso solamente se torna realidad cuando ambos omiten los defectos del otro y aprenden a ver solamente las cualidades.
Amar es darse. El amor de Dios por la humanidad, por ejemplo, no quedó en un sentimiento, sino que se concretó en una actitud de dar la vida de Su único Hijo en favor de ella. El amor que debe existir entre la pareja es mucho más que la entrega irrestricta de uno hacia el otro; y más que un mero sentimiento de deseo personal y carnal, pues quien ama se preocupa en dar.
Podemos decir que mientras no haya una alianza matrimonial, los enamorados son poseídos sólo por una pasión carnal y por el deseo de satisfacerse con la posesión del otro. A partir del casamiento, sin embargo, la pasión dirigida hasta entonces a la satisfacción del deseo y aquella voluntad incontenida de realización personal son trasferidas a la persona querida y trasformadas en amor, cuidado y cariño.
Próxima parte: El hogar de la mujer y del hombre de Dios.
La familia de Dios (Parte 3)
La pareja
El ser humano no es una isla, pues Aquel que lo creó a Su imagen y semejanza no lo hizo para vivir solo. Él mismo dijo: “No es bueno que el hombre esté solo...” (Génesis 2:18).
Aunque el hombre haya sido creado perfecto, según la imagen y semejanza del Altísimo, aún así le faltaba alguien que lo completase. No podría ser alguien igual a él físicamente, pero también debería ser lo suficientemente fuerte para auxiliarlo. Entonces, según la narrativa Bíblica, de la costilla del hombre, el Señor creó a la mujer. El podría haberla formado de la misma manera como hizo al hombre, o sea, del barro. Pero hizo a la mujer - partir del hombre, a fin de dejar evidente la posición de ella con relación a él: sumisa a su liderazgo. La mujer fue creada con la finalidad específica de auxiliar al hombre en la procreación, en la educación de los hijos, en la administración de la casa, aparte del aspecto afectivo. El hombre es la cabeza, pero la mujer, el corazón. Los dos son igualmente considerados por Dios, pero el Señor colocó al hombre con la responsabilidad de dirigir la familia. Por eso, la mujer debe someterse a él, que, a su vez, tiene el deber de amarla.
El hombre puede tener el perfil de fuerza, garra, coraje, poder y virilidad como un pura sangre árabe, pero cuando está en los brazos de una mujer se comporta como si fuese un niño indefenso, pues solo ella está dotada de poder para hacerlo feliz en la tierra. El sin ella es como un hombre con una sola pierna; si la cambia, es como si cambiase la pierna natural por una mecánica; estará preparado, pero jamás podrá competir. El hombre no sólo precisa de la mujer, depende de ella. Fueron creados uno para el otro, por eso mantienen una interdependencia, completándose en el matrimonio, de tal forma que pasan a ser un sólo cuerpo.
Cuando una persona nace de Dios, su próximo paso más importante es el matrimonio. Si es soltero, divorciado o viudo y quiere servir a Dios, tiene que pensar inmediatamente en el matrimonio; pues del éxito matrimonial depende servir mejor o no al Señor. Si ya está casado debe luchar para que su mujer también se convierta y, juntos, en un solo espíritu y en una sola fe, puedan luchar por los que están pereciendo sin salvación.
Para que el casamiento sea una bendición, no basta con que la pareja sea bautizada con el Espíritu Santo. Teóricamente, sí, pero en la práctica eso no es suficiente, porque el ser humano no se constituye solamente de la parte espiritual, existe también la carne que se enfrenta con el espíritu. Si viviésemos en espíritu las 24 horas del día, durante el resto de nuestras vidas, no habría problema; mientras tanto, queramos o no, la carne siempre se manifiesta. Por causa de eso, es necesario que, además de ser llenos del Espíritu Santo, la pareja sea compatible entre sí.
Imaginémonos, por ejemplo, una mujer que tenga más edad, más experiencia y cultura, o que esté técnicamente en un nivel superior al del marido. ¿De qué manera ella se someterá al liderazgo de él en la vida diaria? Es prácticamente imposible. Y si él no estuviera en la condición de cabeza de la familia, según lo enseñan las Escrituras, será prácticamente imposible que ese hogar salga adelante. El problema es más complejo de lo que podemos suponer, pero el hecho es: “Si el matrimonio no estuviere de acuerdo con la Biblia, no estará de acuerdo con Dios”. Es obvio que los autores sagrados no orientan al respecto a la necesidad del nivel social entre los novios. Pero no podemos despreciar la inteligencia aliada a la fe. Si hay desventaja social por parte de él en relación a ella, entonces es preciso evaluar mejor antes de concretar una unión que tiene todo para no ser exitosa.
Los obispos y pastores de la Iglesia Universal del Reino de Dios con más experiencia siempre están disponibles para aconsejar a los novios. Ya que no hay una imposición doctrinaria de parte de la IURD con respecto a este asunto. Por eso hemos buscado dar una orientación preventiva, teniendo en cuenta la gran falta de discernimiento espiritual de los novios convertidos.
El ser humano no es una isla, pues Aquel que lo creó a Su imagen y semejanza no lo hizo para vivir solo. Él mismo dijo: “No es bueno que el hombre esté solo...” (Génesis 2:18).
Aunque el hombre haya sido creado perfecto, según la imagen y semejanza del Altísimo, aún así le faltaba alguien que lo completase. No podría ser alguien igual a él físicamente, pero también debería ser lo suficientemente fuerte para auxiliarlo. Entonces, según la narrativa Bíblica, de la costilla del hombre, el Señor creó a la mujer. El podría haberla formado de la misma manera como hizo al hombre, o sea, del barro. Pero hizo a la mujer - partir del hombre, a fin de dejar evidente la posición de ella con relación a él: sumisa a su liderazgo. La mujer fue creada con la finalidad específica de auxiliar al hombre en la procreación, en la educación de los hijos, en la administración de la casa, aparte del aspecto afectivo. El hombre es la cabeza, pero la mujer, el corazón. Los dos son igualmente considerados por Dios, pero el Señor colocó al hombre con la responsabilidad de dirigir la familia. Por eso, la mujer debe someterse a él, que, a su vez, tiene el deber de amarla.
El hombre puede tener el perfil de fuerza, garra, coraje, poder y virilidad como un pura sangre árabe, pero cuando está en los brazos de una mujer se comporta como si fuese un niño indefenso, pues solo ella está dotada de poder para hacerlo feliz en la tierra. El sin ella es como un hombre con una sola pierna; si la cambia, es como si cambiase la pierna natural por una mecánica; estará preparado, pero jamás podrá competir. El hombre no sólo precisa de la mujer, depende de ella. Fueron creados uno para el otro, por eso mantienen una interdependencia, completándose en el matrimonio, de tal forma que pasan a ser un sólo cuerpo.
Cuando una persona nace de Dios, su próximo paso más importante es el matrimonio. Si es soltero, divorciado o viudo y quiere servir a Dios, tiene que pensar inmediatamente en el matrimonio; pues del éxito matrimonial depende servir mejor o no al Señor. Si ya está casado debe luchar para que su mujer también se convierta y, juntos, en un solo espíritu y en una sola fe, puedan luchar por los que están pereciendo sin salvación.
Para que el casamiento sea una bendición, no basta con que la pareja sea bautizada con el Espíritu Santo. Teóricamente, sí, pero en la práctica eso no es suficiente, porque el ser humano no se constituye solamente de la parte espiritual, existe también la carne que se enfrenta con el espíritu. Si viviésemos en espíritu las 24 horas del día, durante el resto de nuestras vidas, no habría problema; mientras tanto, queramos o no, la carne siempre se manifiesta. Por causa de eso, es necesario que, además de ser llenos del Espíritu Santo, la pareja sea compatible entre sí.
Imaginémonos, por ejemplo, una mujer que tenga más edad, más experiencia y cultura, o que esté técnicamente en un nivel superior al del marido. ¿De qué manera ella se someterá al liderazgo de él en la vida diaria? Es prácticamente imposible. Y si él no estuviera en la condición de cabeza de la familia, según lo enseñan las Escrituras, será prácticamente imposible que ese hogar salga adelante. El problema es más complejo de lo que podemos suponer, pero el hecho es: “Si el matrimonio no estuviere de acuerdo con la Biblia, no estará de acuerdo con Dios”. Es obvio que los autores sagrados no orientan al respecto a la necesidad del nivel social entre los novios. Pero no podemos despreciar la inteligencia aliada a la fe. Si hay desventaja social por parte de él en relación a ella, entonces es preciso evaluar mejor antes de concretar una unión que tiene todo para no ser exitosa.
Los obispos y pastores de la Iglesia Universal del Reino de Dios con más experiencia siempre están disponibles para aconsejar a los novios. Ya que no hay una imposición doctrinaria de parte de la IURD con respecto a este asunto. Por eso hemos buscado dar una orientación preventiva, teniendo en cuenta la gran falta de discernimiento espiritual de los novios convertidos.
La familia de Dios (Parte 2)
La constitución de la familia
¿Qué es una familia? Aunque hoy en día la sociedad moderna discuta mucho sobre la composición familiar, de acuerdo con la Biblia, aprendemos que la constitución básica de la familia es la que se compone por los padres y los hijos. Abuelos, tíos, primos, cuñados y otros pueden ser agregados o considerados, dependiendo del tipo de sociedad. Pero estamos hablando de la familia cuyo patrón es constituido de acuerdo con la Palabra de Dios.
Los hijos nunca deben ocupar el lugar de la madre o del padre. Cuando uno de los dos cónyuges sustituye al otro por los hijos, es como si se estuviese sepultando junto con su matrimonio, ¿pues no son los dos una sola carne?
Esto sucede generalmente cuando la mujer se siente insegura del amor de su marido. Su inseguridad conyugal la hace sustituir al marido por los hijos, y eso es lo que más ha contribuido para la destrucción de los hogares. Si la mujer fuera sabia, lucharía con Dios en oración para reconquistar el corazón del marido, no para sustituirlo.
Los padres
Cuando los jóvenes dejan a sus padres para casarse, estos deben estar conscientes de que la joven pareja pasa a ser una sola carne, y quien se interponga entre ellos, con excepción de Dios, será una barrera para su felicidad. Los padres de los jóvenes casados, si realmente quieren verlos felices, deben cortar el cordón umbilical definitivamente, sabiendo que los hijos ya no son más suyos y, para el bienestar de ellos y de sí mismos, deben dejarlos construir sus vidas libremente, sin ninguna interferencia.
Si los padres entendiesen que los hijos nunca le pertenecieron, no sufrirían tanto y aceptarían de buen grado dejarlos libres, para vivir la felicidad del matrimonio. Todo lo que existe aquí en la tierra, como en los cielos pertenece al Señor Dios, el Creador. Nuestros hijos, por ejemplo, son apenas un préstamo que Él nos hace por algún tiempo.
Cuando no reconocemos eso y tomamos posesión de ellos en nuestro corazón, en el caso grave que ellos mueran, también moriremos interiormente. Por eso, son muchas las personas que se martirizan al hacer de sus hijos el mayor tesoro de sus corazones. El Señor Jesús dijo: “…porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.” (Mateo 6:21)
Si nuestro corazón estuviera en los hijos, padres, hermanos, en el marido, en la mujer, o en cualquier cosa de este mundo, y los perdemos, también perderemos la propia razón de vivir; pero si nuestro corazón estuviera en el Señor Jesús, entonces estará seguro por toda la eternidad y nunca podrá ser abatido o destruido.
La pareja
El ser humano no es una isla, pues Aquel que lo creó a Su imagen y semejanza no lo hizo para vivir solo. Él mismo dijo: “No es bueno que el hombre esté solo...” (Génesis 2:18).
Aunque el hombre haya sido creado perfecto, según la imagen y semejanza del Altísimo, aún así le faltaba alguien que lo completase. No podría ser alguien igual a él físicamente, pero también debería ser lo suficientemente fuerte para auxiliarlo. Entonces, según la narrativa Bíblica, de la costilla del hombre, el Señor creó a la mujer. El podría haberla formado de la misma manera como hizo al hombre, o sea, del barro. Pero hizo a la mujer - partir del hombre, a fin de dejar evidente la posición de ella con relación a él: sumisa a su liderazgo. La mujer fue creada con la finalidad específica de auxiliar al hombre en la procreación, en la educación de los hijos, en la administración de la casa, aparte del aspecto afectivo. El hombre es la cabeza, pero la mujer, el corazón. Los dos son igualmente considerados por Dios, pero el Señor colocó al hombre con la responsabilidad de dirigir la familia. Por eso, la mujer debe someterse a él, que, a su vez, tiene el deber de amarla.
El hombre puede tener el perfil de fuerza, garra, coraje, poder y virilidad como un pura sangre árabe, pero cuando está en los brazos de una mujer se comporta como si fuese un niño indefenso, pues solo ella está dotada de poder para hacerlo feliz en la tierra. El sin ella es como un hombre con una sola pierna; si la cambia, es como si cambiase la pierna natural por una mecánica; estará preparado, pero jamás podrá competir. El hombre no sólo precisa de la mujer, depende de ella. Fueron creados uno para el otro, por eso mantienen una interdependencia, completándose en el matrimonio, de tal forma que pasan a ser un sólo cuerpo.
Cuando una persona nace de Dios, su próximo paso más importante es el matrimonio. Si es soltero, divorciado o viudo y quiere servir a Dios, tiene que pensar inmediatamente en el matrimonio; pues del éxito matrimonial depende servir mejor o no al Señor. Si ya está casado debe luchar para que su mujer también se convierta y, juntos, en un solo espíritu y en una sola fe, puedan luchar por los que están pereciendo sin salvación.
Para que el casamiento sea una bendición, no basta con que la pareja sea bautizada con el Espíritu Santo. Teóricamente, sí, pero en la práctica eso no es suficiente, porque el ser humano no se constituye solamente de la parte espiritual, existe también la carne que se enfrenta con el espíritu. Si viviésemos en espíritu las 24 horas del día, durante el resto de nuestras vidas, no habría problema; mientras tanto, queramos o no, la carne siempre se manifiesta. Por causa de eso, es necesario que, además de ser llenos del Espíritu Santo, la pareja sea compatible entre sí.
Imaginémonos, por ejemplo, una mujer que tenga más edad, más experiencia y cultura, o que esté técnicamente en un nivel superior al del marido. ¿De qué manera ella se someterá al liderazgo de él en la vida diaria? Es prácticamente imposible. Y si él no estuviera en la condición de cabeza de la familia, según lo enseñan las Escrituras, será prácticamente imposible que ese hogar salga adelante. El problema es más complejo de lo que podemos suponer, pero el hecho es: “Si el matrimonio no estuviere de acuerdo con la Biblia, no estará de acuerdo con Dios”. Es obvio que los autores sagrados no orientan al respecto a la necesidad del nivel social entre los novios. Pero no podemos despreciar la inteligencia aliada a la fe. Si hay desventaja social por parte de él en relación a ella, entonces es preciso evaluar mejor antes de concretar una unión que tiene todo para no ser exitosa.
Los obispos y pastores de la Iglesia Universal del Reino de Dios con más experiencia siempre están disponibles para aconsejar a los novios. Ya que no hay una imposición doctrinaria de parte de la IURD con respecto a este asunto. Por eso hemos buscado dar una orientación preventiva, teniendo en cuenta la gran falta de discernimiento espiritual de los novios convertidos.
¿Qué es una familia? Aunque hoy en día la sociedad moderna discuta mucho sobre la composición familiar, de acuerdo con la Biblia, aprendemos que la constitución básica de la familia es la que se compone por los padres y los hijos. Abuelos, tíos, primos, cuñados y otros pueden ser agregados o considerados, dependiendo del tipo de sociedad. Pero estamos hablando de la familia cuyo patrón es constituido de acuerdo con la Palabra de Dios.
Los hijos nunca deben ocupar el lugar de la madre o del padre. Cuando uno de los dos cónyuges sustituye al otro por los hijos, es como si se estuviese sepultando junto con su matrimonio, ¿pues no son los dos una sola carne?
Esto sucede generalmente cuando la mujer se siente insegura del amor de su marido. Su inseguridad conyugal la hace sustituir al marido por los hijos, y eso es lo que más ha contribuido para la destrucción de los hogares. Si la mujer fuera sabia, lucharía con Dios en oración para reconquistar el corazón del marido, no para sustituirlo.
Los padres
Cuando los jóvenes dejan a sus padres para casarse, estos deben estar conscientes de que la joven pareja pasa a ser una sola carne, y quien se interponga entre ellos, con excepción de Dios, será una barrera para su felicidad. Los padres de los jóvenes casados, si realmente quieren verlos felices, deben cortar el cordón umbilical definitivamente, sabiendo que los hijos ya no son más suyos y, para el bienestar de ellos y de sí mismos, deben dejarlos construir sus vidas libremente, sin ninguna interferencia.
Si los padres entendiesen que los hijos nunca le pertenecieron, no sufrirían tanto y aceptarían de buen grado dejarlos libres, para vivir la felicidad del matrimonio. Todo lo que existe aquí en la tierra, como en los cielos pertenece al Señor Dios, el Creador. Nuestros hijos, por ejemplo, son apenas un préstamo que Él nos hace por algún tiempo.
Cuando no reconocemos eso y tomamos posesión de ellos en nuestro corazón, en el caso grave que ellos mueran, también moriremos interiormente. Por eso, son muchas las personas que se martirizan al hacer de sus hijos el mayor tesoro de sus corazones. El Señor Jesús dijo: “…porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.” (Mateo 6:21)
Si nuestro corazón estuviera en los hijos, padres, hermanos, en el marido, en la mujer, o en cualquier cosa de este mundo, y los perdemos, también perderemos la propia razón de vivir; pero si nuestro corazón estuviera en el Señor Jesús, entonces estará seguro por toda la eternidad y nunca podrá ser abatido o destruido.
La pareja
El ser humano no es una isla, pues Aquel que lo creó a Su imagen y semejanza no lo hizo para vivir solo. Él mismo dijo: “No es bueno que el hombre esté solo...” (Génesis 2:18).
Aunque el hombre haya sido creado perfecto, según la imagen y semejanza del Altísimo, aún así le faltaba alguien que lo completase. No podría ser alguien igual a él físicamente, pero también debería ser lo suficientemente fuerte para auxiliarlo. Entonces, según la narrativa Bíblica, de la costilla del hombre, el Señor creó a la mujer. El podría haberla formado de la misma manera como hizo al hombre, o sea, del barro. Pero hizo a la mujer - partir del hombre, a fin de dejar evidente la posición de ella con relación a él: sumisa a su liderazgo. La mujer fue creada con la finalidad específica de auxiliar al hombre en la procreación, en la educación de los hijos, en la administración de la casa, aparte del aspecto afectivo. El hombre es la cabeza, pero la mujer, el corazón. Los dos son igualmente considerados por Dios, pero el Señor colocó al hombre con la responsabilidad de dirigir la familia. Por eso, la mujer debe someterse a él, que, a su vez, tiene el deber de amarla.
El hombre puede tener el perfil de fuerza, garra, coraje, poder y virilidad como un pura sangre árabe, pero cuando está en los brazos de una mujer se comporta como si fuese un niño indefenso, pues solo ella está dotada de poder para hacerlo feliz en la tierra. El sin ella es como un hombre con una sola pierna; si la cambia, es como si cambiase la pierna natural por una mecánica; estará preparado, pero jamás podrá competir. El hombre no sólo precisa de la mujer, depende de ella. Fueron creados uno para el otro, por eso mantienen una interdependencia, completándose en el matrimonio, de tal forma que pasan a ser un sólo cuerpo.
Cuando una persona nace de Dios, su próximo paso más importante es el matrimonio. Si es soltero, divorciado o viudo y quiere servir a Dios, tiene que pensar inmediatamente en el matrimonio; pues del éxito matrimonial depende servir mejor o no al Señor. Si ya está casado debe luchar para que su mujer también se convierta y, juntos, en un solo espíritu y en una sola fe, puedan luchar por los que están pereciendo sin salvación.
Para que el casamiento sea una bendición, no basta con que la pareja sea bautizada con el Espíritu Santo. Teóricamente, sí, pero en la práctica eso no es suficiente, porque el ser humano no se constituye solamente de la parte espiritual, existe también la carne que se enfrenta con el espíritu. Si viviésemos en espíritu las 24 horas del día, durante el resto de nuestras vidas, no habría problema; mientras tanto, queramos o no, la carne siempre se manifiesta. Por causa de eso, es necesario que, además de ser llenos del Espíritu Santo, la pareja sea compatible entre sí.
Imaginémonos, por ejemplo, una mujer que tenga más edad, más experiencia y cultura, o que esté técnicamente en un nivel superior al del marido. ¿De qué manera ella se someterá al liderazgo de él en la vida diaria? Es prácticamente imposible. Y si él no estuviera en la condición de cabeza de la familia, según lo enseñan las Escrituras, será prácticamente imposible que ese hogar salga adelante. El problema es más complejo de lo que podemos suponer, pero el hecho es: “Si el matrimonio no estuviere de acuerdo con la Biblia, no estará de acuerdo con Dios”. Es obvio que los autores sagrados no orientan al respecto a la necesidad del nivel social entre los novios. Pero no podemos despreciar la inteligencia aliada a la fe. Si hay desventaja social por parte de él en relación a ella, entonces es preciso evaluar mejor antes de concretar una unión que tiene todo para no ser exitosa.
Los obispos y pastores de la Iglesia Universal del Reino de Dios con más experiencia siempre están disponibles para aconsejar a los novios. Ya que no hay una imposición doctrinaria de parte de la IURD con respecto a este asunto. Por eso hemos buscado dar una orientación preventiva, teniendo en cuenta la gran falta de discernimiento espiritual de los novios convertidos.
La familia de Dios (Parte 1)
Dios y la familia
Todo ser humano tiene en el corazón un orden natural de los principales valores considerados por él, esto es, el orden de las personas o cosas más importantes en su vida. Normalmente, los padres tienen a sus hijos y éstos a los padres en primer lugar. Pero el orden natural de los valores en la vida de aquellos que son realmente de Dios, por la fe en el Señor Jesucristo, tienen en primer lugar a Dios, en la persona de Jesús; en segundo, el matrimonio; en tercero, los hijos.
En forma general, los padres ocupan el primer lugar en el corazón de los hijos y eso también ocurre con relación a Dios. Cuando una persona es nacida de Dios, pasa a tenerlo como el verdadero y eterno Padre, por lo tanto es natural que Él ocupe el primer lugar en su vida. El hecho de nacer del Espíritu Santo provoca un cambio respecto de lo que considera la persona más importante en su vida, y el Señor Jesucristo pasa a ser la razón de su vivir. Bueno, ¡ésa es la razón principal que caracteriza la verdadera conversión cristiana!, pues una persona realmente convertida tiene en el Señor Jesús su mayor amor y su mayor riqueza. La mujer, los hijos, los padres, los amigos, y todo lo demás queda en segundo plano.
Eso no es teórico como acostumbra a suceder con los religiosos en general; eso ocurre en la práctica con todo aquel que se convierte al Señor Jesucristo: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame, porque todo aquel que quiere salvar su vida, la perderá; y todo aquel que pierda su vida por causa de mí, la hallará. ¿De qué le servirá al hombre ganar a todo el mundo, si pierde su alma?” (Mateo 16:24-26)
La afinidad existente entre Dios y la persona nacida de Él, está unida por una expresión de fe de tal manera que racionalmente hablando es imposible explicarla. El Señor Jesucristo, Autor y Consumador de la fe, a través del Espíritu Santo, es quien deposita esa fe en el corazón de sus hijos.
El casamiento
Después del encuentro con Dios, el casamiento es el paso más importante en la vida del ser humano, especialmente del cristiano. Inclusive en ese orden está el símbolo formado por la cruz, a saber: la relación con Dios, caracterizado por el madero vertical de la cruz, y la relación con su prójimo, representado por el madero horizontal. Si el brazo de esa cruz no comienza por el casamiento, la relación nunca se formará. ¿Cómo una persona puede tener una buena relación con su prójimo, si no lo tiene en primer lugar con su otra mitad?
Para empezar, ambos cónyuges tienen que haber tenido la experiencia del nuevo nacimiento, para que la felicidad en el casamiento esté asegurada. No basta ser religioso, frecuentar una determinada iglesia cristiana evangélica, o incluso haber recibido el bautismo con el Espíritu Santo. Es preciso mucho más. Tanto la esposa como el marido deben vivir la fe que profesan, porque de la comunión diaria con Dios va a depender el respeto mutuo y la paz en la relación entre ellos.
La base más importante de un matrimonio es la comunión con Dios. La mayoría de las personas piensan que cuando el matrimonio no va bien es porque el amor se está enfriando, pero no siempre eso es verdad. De hecho, el problema está en la relación con Dios, por parte de uno o del otro, o hasta de ambos. Tenemos grandes dudas de que pueda existir un enfriamiento en la pareja cuando mantiene una estrecha comunión con Dios. Porque además esta escrito:
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo…” (Romanos 5:5)
El amor puro y verdadero de un matrimonio sólo es posible cuando en sus vidas está la presencia de Dios, pues de El proviene el amor. Si no existe la presencia de Dios, no hay amor. Y si no hay amor, no existe comunión en la pareja y mucho menos existirá la paz.
Los hijos
Los hijos vienen de la convivencia en paz y amor, y son herederos de todo lo que vivieron sus padres. Si éstos viven en paz, los hijos disfrutarán de la paz, pero si ellos viven en conflicto, lo mismo se reflejará en los hijos. De hecho, los hijos siempre heredan de los padres lo bueno como lo malo, dependiendo de lo que ellos vivan entre sí.
En síntesis la felicidad de la pareja depende de la relación que tengan con Dios, y la de los hijos, depende de la felicidad de los padres. Por esa razón la Biblia prohíbe el casamiento mixto, o sea el casamiento de la persona convertida con el incrédulo. Los jóvenes enamorados deben probar la fe entre ellos para verificar si están caminando hacia la misma dirección. Una persona nacida de Dios solamente se casa con otra nacida de Dios, siguiendo el ejemplo de Abraham, nuestro padre en la fe, que escogió su esposa entre las nacidas en la casa de su padre.
Cuando la persona tiene un encuentro con Dios, automáticamente se aparta de los amigos incrédulos, pues no hay más comunión con ellos. A partir de entonces, busca amistades con otros que también son de Dios, porque eso le hace bien. La elección del casamiento debe ser mucho más rigurosa aún, viendo que su vida física será entregada a otra persona para formar un solo cuerpo. Su vida conyugal será el resultado de la vida individual que hayan tenido con Dios. Si cada uno mantuviere una vida espiritual saludable, la vida de los dos también será saludable. Si uno estuviere mal espiritualmente, la convivencia sólo podrá ser mantenida si aquel que es convertido asume el carácter del Señor y soporta las provocaciones del otro. De lo contrario, el matrimonio correrá riesgos, e incluso, la propia salvación estará en peligro.
Creo que el matrimonio es el termómetro que mide la espiritualidad de la pareja. La convivencia entre los dos refleja la relación de cada uno con Dios. A fin de cuentas está en juego la fidelidad en la alianza entre sí, y sobre todo, individualmente con Dios. Cuando hay respeto entre ambos, es señal que hay temor en el corazón de ellos delante del Señor. Cuando hay armonía, cariño y amor, significa que existe la paz del Espíritu Santo en sus vidas.
“Por tanto dejará el hombre a su padre ya su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne.” (Génesis 2:24)
El Anillo
En una pequeña aldea un joven ya cansado de ser menospreciado por todos, busca hablar con un viejo maestro de la aldea: Vengo maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. Como puedo mejorar? Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro sin mirarlo, le dijo: Cuanto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi proprio problema. Quizás después. Y haciendo una pausa agregó: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar. Encantado maestro, titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas. Bien asintió el maestro.
Se quitó un anilo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas. EL joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercadores. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendia por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenia instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
"Cuando hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro, podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda." Entró en la habitación y dijo: matero lo siento, no pude conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie sobre el verdadero valor del anillo. Qué importante lo que dijiste, joven amigo, contestó sonriente el maestro.
Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. Quien mejor él para saberlo? Dile que quisera vender el anillo y pregunta cuánto te da por él, pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aqui con mi anillo. El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil co su lupa, lo peso y luego le dijo: Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo, 58 Monedas! Exclamó el joven,"si replicó el joyero"yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido. Siéntate dijo el maestro después de escucharlo. Tu eres como este anillo: una joya valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.
El maestro sin mirarlo, le dijo: Cuanto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi proprio problema. Quizás después. Y haciendo una pausa agregó: Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar. Encantado maestro, titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas. Bien asintió el maestro.
Se quitó un anilo que llevaba en el dedo pequeño y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas. EL joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercadores. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendia por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y solo un viejito fue tan amable como para tomarse molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenia instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
"Cuando hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro, podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda." Entró en la habitación y dijo: matero lo siento, no pude conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie sobre el verdadero valor del anillo. Qué importante lo que dijiste, joven amigo, contestó sonriente el maestro.
Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. Quien mejor él para saberlo? Dile que quisera vender el anillo y pregunta cuánto te da por él, pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aqui con mi anillo. El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil co su lupa, lo peso y luego le dijo: Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo, 58 Monedas! Exclamó el joven,"si replicó el joyero"yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido. Siéntate dijo el maestro después de escucharlo. Tu eres como este anillo: una joya valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.
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