La necesidad del Espíritu Santo (primera parte)

No basta ir a la iglesia y recibir la oración, es necesario que obedezcamos la palabra de Dios, someternos a las enseñazas del Señor Jesus y andando en Sus caminos. No solamente deben tomar conocimiento de la Palabra, ser oyentes, mas debemos ser practicantes, pues solamente aquellos que practican la Palabra de Dios, pueden conquistar la vida eterna y abundante que Él promete en Su Palabra. (Santiago 1.19-25)
El Espíritu Santo es vital para nosotros. Así como necesitamos del aire para respirar, de la sangre que corre en nuestras venas, también necesitamos que el Espíritu Santo venga a correr en nuestro interior y fluir como ríos de agua viva. Solamente con el Espíritu Santo en nuestras vidas, podemos soportar las luchas, tribulaciones y dificultades del día a día. (Romanos 8. 22-27)
El Señor Jesucristo nos alerta que, en este mundo, tendríamos aflicciones, pero también nos incentivo a tener buen animo porque así como Él venció al mundo, nosotros también venceríamos. Es a través de la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas que venceremos al mundo y a nosotros mismos, pues es Él quien nos da fuerzas y poder, pues nosotros vemos que existen muchas personas que ya no tienen ganas de vivir porque uno estando solo, sin la presencia de Dios uno no tiene fuerza para vencer sus luchas. (San Juan 15. 5-9)
¿Quién es el Espíritu Santo?
El Espíritu Santo no es una influencia, una vibración o una emoción que la persona siente y también no es una fuerza activa.
El Espíritu Santo es una persona, es Dios, es la tercera persona de la Santísima Trinidad, pero esto no quiere decir que El este en tercer plan. Él es exactamente como el Padre y el Hijo, no es menor que Dios, pues Él es el propio Dios. Los tres, Dios Padre, Hijo Espíritu Santo, forman un único Dios, tres personas distintas, que forman un único Dios, siendo que cada una tiene su función especifica dentro de la Trinidad.
Para comprendernos mejor la Trinidad, es necesario entender la actuación especifica de cada uno. En el Antiguo Testamento, constatamos una fuerte actuación del Dios Padre. En la época de Abrahám, Isaac, Jacob, Moisés, Elías, Eliseo, David y otros grandes héroes de la fe, era el Dios Padre que hablaba directamente con ellos (Números 7,89), con el nacimiento del Señor Jesus y el inicio de su ministerio aquí en la Tierra, la humanidad comenzó a vivir en la época del Dios Hijo. Jesucristo vino al mundo como hijo de Dios y, al mismo tiempo, como el propio Dios. (San Juan 1,14-18)
Con la muerte y resurrección de Jesucristo, los hombres comenzaron a vivir el periodo del Dios Espíritu Santo. El propio Señor Jesús nos había advertido de que iría para el Padre, o sea, que volvería para el cielo, pero dejaría el Espíritu Consolador, a fin de que esté para siempre con vosotros, el Espíritu de Verdad, que el mundo no puede recibir, porque no Lo ve, ni Lo conoce. (San Juan 14,16-18)
En la época del Dios Padre, no existía la Biblia y Jesus todavía no había venido a la Tierra, entonces Dios hablaba directamente con sus siervos a través de sueños y visiones, ahora, por medio del Espíritu Santo, Dios habla directamente a nuestro corazón. El también revela Su voluntad para nuestras vidas a través de Su Palabra contenida en las Escrituras Sagradas.
Hoy nosotros vivimos en la época del Dios Espíritu Santo. Por supuesto que los tres Padre, Hijo y Espíritu Santo, forman un solo Dios. Y, en la practica cuando buscamos la presencia del Espíritu Santo, estamos teniendo la presencia, la plenitud del Dios en nosotros. En otras palabras, el Dios Padre y el Dios Hijo actúan hoy en nuestras vidas, a través del Espíritu Santo. (Gálatas 4,4-7)

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