La pareja
El ser humano no es una isla, pues Aquel que lo creó a Su imagen y semejanza no lo hizo para vivir solo. Él mismo dijo: “No es bueno que el hombre esté solo...” (Génesis 2:18).
Aunque el hombre haya sido creado perfecto, según la imagen y semejanza del Altísimo, aún así le faltaba alguien que lo completase. No podría ser alguien igual a él físicamente, pero también debería ser lo suficientemente fuerte para auxiliarlo. Entonces, según la narrativa Bíblica, de la costilla del hombre, el Señor creó a la mujer. El podría haberla formado de la misma manera como hizo al hombre, o sea, del barro. Pero hizo a la mujer - partir del hombre, a fin de dejar evidente la posición de ella con relación a él: sumisa a su liderazgo. La mujer fue creada con la finalidad específica de auxiliar al hombre en la procreación, en la educación de los hijos, en la administración de la casa, aparte del aspecto afectivo. El hombre es la cabeza, pero la mujer, el corazón. Los dos son igualmente considerados por Dios, pero el Señor colocó al hombre con la responsabilidad de dirigir la familia. Por eso, la mujer debe someterse a él, que, a su vez, tiene el deber de amarla.
El hombre puede tener el perfil de fuerza, garra, coraje, poder y virilidad como un pura sangre árabe, pero cuando está en los brazos de una mujer se comporta como si fuese un niño indefenso, pues solo ella está dotada de poder para hacerlo feliz en la tierra. El sin ella es como un hombre con una sola pierna; si la cambia, es como si cambiase la pierna natural por una mecánica; estará preparado, pero jamás podrá competir. El hombre no sólo precisa de la mujer, depende de ella. Fueron creados uno para el otro, por eso mantienen una interdependencia, completándose en el matrimonio, de tal forma que pasan a ser un sólo cuerpo.
Cuando una persona nace de Dios, su próximo paso más importante es el matrimonio. Si es soltero, divorciado o viudo y quiere servir a Dios, tiene que pensar inmediatamente en el matrimonio; pues del éxito matrimonial depende servir mejor o no al Señor. Si ya está casado debe luchar para que su mujer también se convierta y, juntos, en un solo espíritu y en una sola fe, puedan luchar por los que están pereciendo sin salvación.
Para que el casamiento sea una bendición, no basta con que la pareja sea bautizada con el Espíritu Santo. Teóricamente, sí, pero en la práctica eso no es suficiente, porque el ser humano no se constituye solamente de la parte espiritual, existe también la carne que se enfrenta con el espíritu. Si viviésemos en espíritu las 24 horas del día, durante el resto de nuestras vidas, no habría problema; mientras tanto, queramos o no, la carne siempre se manifiesta. Por causa de eso, es necesario que, además de ser llenos del Espíritu Santo, la pareja sea compatible entre sí.
Imaginémonos, por ejemplo, una mujer que tenga más edad, más experiencia y cultura, o que esté técnicamente en un nivel superior al del marido. ¿De qué manera ella se someterá al liderazgo de él en la vida diaria? Es prácticamente imposible. Y si él no estuviera en la condición de cabeza de la familia, según lo enseñan las Escrituras, será prácticamente imposible que ese hogar salga adelante. El problema es más complejo de lo que podemos suponer, pero el hecho es: “Si el matrimonio no estuviere de acuerdo con la Biblia, no estará de acuerdo con Dios”. Es obvio que los autores sagrados no orientan al respecto a la necesidad del nivel social entre los novios. Pero no podemos despreciar la inteligencia aliada a la fe. Si hay desventaja social por parte de él en relación a ella, entonces es preciso evaluar mejor antes de concretar una unión que tiene todo para no ser exitosa.
Los obispos y pastores de la Iglesia Universal del Reino de Dios con más experiencia siempre están disponibles para aconsejar a los novios. Ya que no hay una imposición doctrinaria de parte de la IURD con respecto a este asunto. Por eso hemos buscado dar una orientación preventiva, teniendo en cuenta la gran falta de discernimiento espiritual de los novios convertidos.
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