La familia de Dios (Parte 1)


Dios y la familia
Todo ser humano tiene en el corazón un orden natural de los principales valores considerados por él, esto es, el orden de las personas o cosas más importantes en su vida. Normalmente, los padres tienen a sus hijos y éstos a los padres en primer lugar. Pero el orden natural de los valores en la vida de aquellos que son realmente de Dios, por la fe en el Señor Jesucristo, tienen en primer lugar a Dios, en la persona de Jesús; en segundo, el matrimonio; en tercero, los hijos.
En forma general, los padres ocupan el primer lugar en el corazón de los hijos y eso también ocurre con relación a Dios. Cuando una persona es nacida de Dios, pasa a tenerlo como el verdadero y eterno Padre, por lo tanto es natural que Él ocupe el primer lugar en su vida. El hecho de nacer del Espíritu Santo provoca un cambio respecto de lo que considera la persona más importante en su vida, y el Señor Jesucristo pasa a ser la razón de su vivir. Bueno, ¡ésa es la razón principal que caracteriza la verdadera conversión cristiana!, pues una persona realmente convertida tiene en el Señor Jesús su mayor amor y su mayor riqueza. La mujer, los hijos, los padres, los amigos, y todo lo demás queda en segundo plano.
Eso no es teórico como acostumbra a suceder con los religiosos en general; eso ocurre en la práctica con todo aquel que se convierte al Señor Jesucristo: “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame, porque todo aquel que quiere salvar su vida, la perderá; y todo aquel que pierda su vida por causa de mí, la hallará. ¿De qué le servirá al hombre ganar a todo el mundo, si pierde su alma?” (Mateo 16:24-26)
La afinidad existente entre Dios y la persona nacida de Él, está unida por una expresión de fe de tal manera que racionalmente hablando es imposible explicarla. El Señor Jesucristo, Autor y Consumador de la fe, a través del Espíritu Santo, es quien deposita esa fe en el corazón de sus hijos.
El casamiento
Después del encuentro con Dios, el casamiento es el paso más importante en la vida del ser humano, especialmente del cristiano. Inclusive en ese orden está el símbolo formado por la cruz, a saber: la relación con Dios, caracterizado por el madero vertical de la cruz, y la relación con su prójimo, representado por el madero horizontal. Si el brazo de esa cruz no comienza por el casamiento, la relación nunca se formará. ¿Cómo una persona puede tener una buena relación con su prójimo, si no lo tiene en primer lugar con su otra mitad?
Para empezar, ambos cónyuges tienen que haber tenido la experiencia del nuevo nacimiento, para que la felicidad en el casamiento esté asegurada. No basta ser religioso, frecuentar una determinada iglesia cristiana evangélica, o incluso haber recibido el bautismo con el Espíritu Santo. Es preciso mucho más. Tanto la esposa como el marido deben vivir la fe que profesan, porque de la comunión diaria con Dios va a depender el respeto mutuo y la paz en la relación entre ellos.
La base más importante de un matrimonio es la comunión con Dios. La mayoría de las personas piensan que cuando el matrimonio no va bien es porque el amor se está enfriando, pero no siempre eso es verdad. De hecho, el problema está en la relación con Dios, por parte de uno o del otro, o hasta de ambos. Tenemos grandes dudas de que pueda existir un enfriamiento en la pareja cuando mantiene una estrecha comunión con Dios. Porque además esta escrito:
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo…” (Romanos 5:5)
El amor puro y verdadero de un matrimonio sólo es posible cuando en sus vidas está la presencia de Dios, pues de El proviene el amor. Si no existe la presencia de Dios, no hay amor. Y si no hay amor, no existe comunión en la pareja y mucho menos existirá la paz.
Los hijos
Los hijos vienen de la convivencia en paz y amor, y son herederos de todo lo que vivieron sus padres. Si éstos viven en paz, los hijos disfrutarán de la paz, pero si ellos viven en conflicto, lo mismo se reflejará en los hijos. De hecho, los hijos siempre heredan de los padres lo bueno como lo malo, dependiendo de lo que ellos vivan entre sí.
En síntesis la felicidad de la pareja depende de la relación que tengan con Dios, y la de los hijos, depende de la felicidad de los padres. Por esa razón la Biblia prohíbe el casamiento mixto, o sea el casamiento de la persona convertida con el incrédulo. Los jóvenes enamorados deben probar la fe entre ellos para verificar si están caminando hacia la misma dirección. Una persona nacida de Dios solamente se casa con otra nacida de Dios, siguiendo el ejemplo de Abraham, nuestro padre en la fe, que escogió su esposa entre las nacidas en la casa de su padre.
Cuando la persona tiene un encuentro con Dios, automáticamente se aparta de los amigos incrédulos, pues no hay más comunión con ellos. A partir de entonces, busca amistades con otros que también son de Dios, porque eso le hace bien. La elección del casamiento debe ser mucho más rigurosa aún, viendo que su vida física será entregada a otra persona para formar un solo cuerpo. Su vida conyugal será el resultado de la vida individual que hayan tenido con Dios. Si cada uno mantuviere una vida espiritual saludable, la vida de los dos también será saludable. Si uno estuviere mal espiritualmente, la convivencia sólo podrá ser mantenida si aquel que es convertido asume el carácter del Señor y soporta las provocaciones del otro. De lo contrario, el matrimonio correrá riesgos, e incluso, la propia salvación estará en peligro.
Creo que el matrimonio es el termómetro que mide la espiritualidad de la pareja. La convivencia entre los dos refleja la relación de cada uno con Dios. A fin de cuentas está en juego la fidelidad en la alianza entre sí, y sobre todo, individualmente con Dios. Cuando hay respeto entre ambos, es señal que hay temor en el corazón de ellos delante del Señor. Cuando hay armonía, cariño y amor, significa que existe la paz del Espíritu Santo en sus vidas.
“Por tanto dejará el hombre a su padre ya su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne.” (Génesis 2:24)

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